El verano de 1992 estaba ávido de tener trabajo para ganar dinero para comprarme un ordenador y me surgió la ocasión de trabajar en la tienda del señor Joan. La mayoría de anécdotas de mi vida se concentran justo en ese periodo de mi vida.
La tienda del señor Joan era una droguería, pero no una droguería normal como las de ahora, era una droguería de las “antiguas”, y con esto quiero decir que era una droguería donde se vendían productos químicos a granel, supongo que sería algo ilegal hoy en día o al menos en las circunstancias en las que se almacenaban en esa tienda con un tronco de árbol atravesando la parte central de la trastienda.
En la tienda del señor Juan me recibieron con los brazos abiertos, aún más cuando el anterior aprendiz había sido despedido por intentar sustraer objetos personales de Joan. Así que mi incorporación fue rápida y deseada por ambas partes. Y allí estaba yo con 18 años dispuesto a lo que fuera para recaudar el dinero para mi primer ordenador, en un trabajo de cara al público donde la gente entraba a comprar cosas típicas: detergente, lejía, cuchillas de afeitar… y cosas atípicas, productos químicos a granel. Uno de estos productos era el hipoclorito de sodio, usado entre otras cosas para la desinfección del agua de piscinas, este producto no daba problemas a la hora de rellenar la botella o la garrafa que traía el comprador. Otro producto químico que vendíamos a granel era el ácido fórmico empleado para control de plagas y procesos industriales, Joan ya me dijo que tuviera cuidado que no me salpicara el ácido, y me salpicaron unas gotas en las piernas, provocándome un considerable picor durante unos cuantos minutos y eso que fueron unas gotas. Y el otro producto químico que vendíamos y bastante más que los anteriores era el bisulfito de sosa empleado durante el proceso de elaboración de bebidas alcohólicas como el vino y la cerveza, este producto normalmente se pedía recogerlo al día siguiente, ya que era a última hora con la tienda a punto de cerrar que volcábamos el bisulfito de sosa en la botella o en la garrafa, poníamos el tapón y nos pirábamos por patas de la tienda cerrando la persiana con los vapores allá dentro, confiando que se hubieran disipado al día siguiente. Pero, en ocasiones, el cliente lo necesitaba al momento, no podía esperar al día siguiente, con lo que procedíamos a rellenar el recipiente en la calle, la gente aceleraba el paso al llegar a los vapores del bisulfito de sosa, unos vapores con un olor indescriptiblemente nauseabundo e irritante, supongo que esa experiencia acabó por afianzar de por vida mi convicción de ser abstemio.
Otra de las tareas de las que tenia que encargarme, era de hacer repartos con la carretilla, normalmente se trababa de llevar productos desinfectantes: garrafas de lejía, botellas de aguarrás… Y una vez el señor Joan me dijo: “Estas de suerte, el dentista ha hecho un pedido y siempre da muy buenas propinas”, cargué la carretilla y me dirigí a la consulta del dentista esperando ganar ese dinero extra, ¿serían 500 pesetas?, ¿1.000 pesetas?. Llegué allá, traté de ser lo más eficaz, eficiente y simpático durante la entrega y en el momento de la propina recibí un billete de ¡10.000 pesetas! (60€) (para contextualizarlas hay que decir que me pagaban 12.000 pesetas trabajando toda la semana de lunes a sábado). Que pocas veces había visto un billete de esos, no se cuantas veces llegué a decir “¡Gracias!. ¡Muchas gracias!”. Francamente tenía razón Joan, daban muy buenas propinas, ya estaba deseando que hicieran otro pedido. En medio de esta ensoñación por estas 10.000 pesetas , oí un “¿Me das el cambio?” Y me mundo se desmoronó en un santiamén, no se trataba de la propina, se trataba del pago por el reparto y como Joan no me avisó que me iba a pagar, ni me dijo el importe ni me dio cambio para cobrarlo tuve que devolver el billete y de allí me marché sin propina alguna. En fin. Otro reparto que recuerdo era el de llevar dos bidones de pintura grandes, los más grandes, de 20 kilos cada uno. Como la entrega era a kilómetros Joan me dijo que fuera en taxi, el taxista cargó los dos bidones en el maletero e iniciamos la gruta hasta la gran vía, pero el tramo donde debía hacer la entrega estaba en obras y el taxista no me podía dejar justo en el punto de entrega por lo que me dejó lo más cerca posible ¡a unos 70 metros!. Y allí me quedé con los dos bidones de pintura que pesaban entre los dos 40 kilos, primero intenté cargar con los dos a la vez y aquello era imposible hacer más de 10 metros seguidos, recuerdo dolor en las manos por el asa y que me temblaban todos los músculos de la cara. Finalmente se me ocurrió cargar los bidones de uno en uno, no me quedaba otra, cargaba un bidón sin perder de vista el bidón que se quedaba atrás y así sucesivamente.
Uno de los mejores momentos del día era cuando llegaba a la tienda el señor Llorens al final de su jornada laboral como pintor, ya que era el preludio del final de nuestra jornada. Se pasaba por allá a última hora todos los días, donde le esperaba una silla reservada para él. Llevaba saludando con un enigmático “Bienvenidos a todos, hombres y caballos” debería de ser una broma interna entre Joan y él, porque para mi carecía de sentido alguno ese saludo.
Y el verano acabó, y a 12.000 pesetas (72 euros) a la semana durante 3 meses más el finiquito me dio para comprarme mi primer PC, un 286. Y también nos dio para comprarnos un video BETA. Joan antes de mi marcha puso de nuevo el anuncio “Se necesita aprendiz” y allí llego a entrar de todo, recuerdo en especial un tío tope siniestro al que Joan no le quedó más remedio que decirle que el puesto ya estaba ocupado para deshacerse de él, y otro que entró a informase de las condiciones del trabajo mientras se sentaba nada más entrar un unos bidones apilados para hablar unos segundos. Mis padres me recomendaban trabajar no sólo por el dinero sino también por la experiencia, cuanta razón tenían, menuda experiencia fue trabajar en la tienda del Joan aquel verano del 92.
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