Para ser honesto, nunca se me habían dado bien las matemáticas. En E.G.B. (Educación General Básica) tuve un profesor que no hacía exámenes de sus asignaturas, entre ellas matemáticas, por aquel entonces para mí era el mejor profesor del mundo. Y si no hacía exámenes ¿de donde salían las notas? pues de portarse bien en clase y salir alguna vez a la pizarra. Básicamente, si no incordiabas, estabas en silencio y no metías la gamba en la pizarra te llevabas una buena nota, así de simple. Luego en el instituto empecé a hacer exámenes de matemáticas y allí empezó el drama después de tantos y tantos años sin ser evaluado de matemáticas. En poco tiempo el que me parecía el mejor profesor del mundo se convirtió en el peor profesor del mundo por no habernos preparado para B.U.P. (Bachillerato Unificado Polivalente). Me tuve que poner las pilas con las mates del bachillerato científico y bien que me las puse, llegando a C.O.U. aprobándolas holgadamente. Hice la selectividad y acabé con un 5’29 sobre 10, con lo que tuve que apuntarme a carreras como Matemáticas donde sólo pedían un 5, geología y alguna más que no recuerdo.
Dice mi padre que lloró cuando llegó la carta de la Universidad de Barcelona informándome de mi selección para cursar la licenciatura de matemáticas. Luego sería yo el que lloraría los años venideros cursando la carrera desde el curso 1993-1994 al 2000-2001.
El primer año cursé las siguientes asignaturas:
- Análisis matemático I
- Álgebra lineal
- Informática
- Análisis matemático II
- Geometría lineal
- Métodos numéricos
En Análisis matemático I el profesor Joaquim MªOrtega ya nos avisó: “Hay que estudiar desde el primer día”, no hice caso y así me fue. Mi plan era acabar el primer curso de matemáticas y cambiarme a la facultad de informática que era lo que quería estudiar. Pero una cosa es lo que quiere uno quiere hacer y otra distinta lo que acaba haciendo. Resumiendo, el primer año sólo aprobé la asignatura de informática, cosa que me permitió cumplir con los créditos de permanencia. Los estudiantes teníamos colgando la espada de Damocles de estar obligados a aprobar un determinado número de créditos al año para poder seguir cursando los estudios, el primer año sólo pedían aprobar 9 créditos y como la asignatura de informática tenía 12 créditos (1 crédito = 10 horas de asignatura) aseguré mi permanencia para el siguiente curso, sólo que el siguiente ya no bastaría aprobar otra asignatura sino que tenía que aprobar unas cuantas más, prácticamente las 5 restantes del primer curso. Repetí curso, esta vez aplicando lo de estudiar desde el primer dia, y aprobé el resto de las asignaturas del primer curso sin problemas. Entonces me vine arriba y pensé “pues no se me da tan mal esto de las mates, siempre que estudie desde el primer día”. Por lo que decidí matricularme en segundo de matemáticas a ver que pasaba. Hay veces en la vida que tras tomar una serie de decisiones correctas a nivel individual, te das cuenta que a nivel global constituyen una decisión errónea, pero eso es algo que sólo se sabe a posteriori.
P.D.: El primer año de matemáticas era un popurrí de gente como yo, gente que quería estudiar otras cosas y acaban estudiando otras cosas. En especial me acuerdo de un alumno que venía de estudiar el primer curso de empresariales o administración de empresas, se había cambiado a matemáticas y ya en el primer semestre ya tenía pensado volver a cambiar de carrera.
Recuerdo profesores de todo tipo buenos, mediocres y malos. Una profesora doctorada que no sabía resolver un ejercicio del libro de Álgebra Lineal de primero de matemáticas ¿en serio?. Y luego estaba el mejor de los profesores, el profesor Manuel Tort, cuando el resto de profesores se pusieron de acuerdo en sacar a los alumnos a hacer los ejercicios a la pizarra para ahorrarse faena con el pretexto de “así aprenderán más los alumnos”, él fue el único profesor que continuaba haciendo el mismo los ejercicios “porque era su trabajo”. Antes del ejercicio hacia un resumen en la pizarra de la teoría necesaria para hacer el ejercicio, después daba indicaciones de donde el alumno se podía equivocar haciendo el ejercicio y finalmente lo resolvía con una exquisita elegancia y caligrafía. Siempre que tuve este profesor aprobaba a la primera. Creo que el alumno más inteligente es aquel que aunque el profesor se explique mal se entera y el alumno menos inteligente es el que necesita que el profesor se explique detalladamente. Yo era claramente de este segundo grupo de alumnos.
Qué recuerdos me trae esta entrada.
ResponderEliminarRecuerdo que tú fuiste una de las primeras personas con las que entablé conversación en ese primer curso (septiembre de 1993).
Por fortuna conseguimos acabar esa carrera y además coincidimos en nuestro primer trabajo...
Se me olvidó decir quién soy... diremos de momento que va de garbanzos jajaja
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