En el barrio donde vivo, hay un “sin techo” desde hace unos quince años por lo menos, nosotros en casa le llamamos el alemán por los rasgos que tiene, aunque nunca le he oido hablar con nadie, ni siquiera con él mismo, con lo que no se en que idioma se expresa. Es una persona totalmente inofensiva, puede pasar horas y horas jugando como un niño haciendo pequeñas construcciones de arena, palos y agua en la plaza de la biblioteca central de Santa Coloma de Gramanet. A fuerza de emplear horas y horas de agua, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, algo debió pasar porque la fuente quedo finalmente inutilizada hace ya tiempo y sigue sin repararse a fecha de hoy por parte del ayuntamiento, poniendo punto y final a la única afición conocida que tenía.
El alemán ronda por diferentes zonas del barrio, duerme donde puede o más bien donde le dejan. Normalmente suele instalarse en algún pequeño recodo al lado de algún parking, tan solo necesita un par de metros cuadrados para dormir mínimamente estirado junto a sus escasas pertenencias algo de ropa y algunos papeles y enseres. Esto por algún motivo debe molestar o incomodar a los propietarios, por lo que pasadas unas tres semanas deciden contratar la instalación de unos bolardos para que al alemán no le quede otra opción que buscarse otro sitio. Y no sólo eso, no sólo es desalojado de espacios privados, sino que además es desalojado de espacios públicos, durante una temporada larga estuvo pernoctando en el lateral de la biblioteca central, con lo que el ayuntamiento (socialista para más inri) decidió instalar unas jardineras en el espacio ocupado por el alemán obligándole a buscar un nuevo emplazamiento.
Hasta que un día llegó nuestro turno, un día el alemán se instaló en un recodo que hay justo al lado de la puerta de mi casa, un recodo normalmente propicio para el abandono de muebles por parte del vecindario que es incapaz de llamar al teléfono de recogida gratuita de muebles. Enseguida, los vecinos empezaron a hablar sobre el alemán, como si no hubieran otros problemas en el edificio que requirieran de más atención. Se preguntaban entre ellos ¿cuando se había instalado allí? ¿hasta cuando iba a estar? ¿qué podían hacer? ¿alguien va a hacer algo?. Al final el alemán marchó al cabo de una semana, sin necesidad de instalar ningún bolardo.
Vivimos en una sociedad “de contrastes” por decirlo de algún modo, paseando por el centro de cualquier gran urbe podemos ver gente malviviendo en la calle, pidiendo limosna, mientras justo por al lado pasa gente cargada con bolsas repletas de compras prescindibles, realizadas en pos de una felicidad efímera. Vivimos en una sociedad donde hay gente que aún teniendo trabajo sigue siendo pobre, una sociedad donde se permite que haya gente sin casa y casas sin gente.
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